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El despertar en el mapa del tiempo
A veces, el cerebro traza rutas que la física no permite. Te despiertas en un lugar, pero tu mente ha pasado la noche entera recorriendo kilómetros y años hacia atrás.
Esto me ocurrió hace unos días.
Desperté con la extraña y vívida sensación de haber regresado, en una sola noche, a los escenarios que construyeron mi infancia y mi pasado reciente.
El olor a café y los patios de la infancia.
En ese viaje nocturno, volví a oler el café recién hecho en la cocina de mi abuela. Me vi de nuevo con mis abuelos en el patio, con el sol hacia la transición del mediodía a la tarde, sin más prisa que el propio paso del tiempo y sin otra pretensión que contarnos las cosas de la vida.
Para una mente neurodivergente, los recuerdos no son fotografías estáticas: son experiencias multisensoriales completas. El calor de la luz, los aromas, la disposición de los muebles... todo sigue ahí, intacto.
De pronto, el mapa mental me llevo hacia una casa en la que viví cuando era pequeña en la calle Marques de Celada, en San Benito, un poco más abajo de la iglesia. Me descubrí recorriéndola de arriba a abajo, trepando por sus tronjas de madera y explorando cada recoveco que para mí era "secreto". De niña, esa casa se me hacía tan inmensa que un día encontraba el rincón perfecto para refugiarme y, al día siguiente, ya no recordaba exactamente donde estaba. Esos pequeños escondites eran, seguramente, mis primeros pequeños espacios de regulación, mis mundos privados dentro del gran mundo.
El viaje también me llevó a mi anterior casa, mi hogar de tantos años anterior a esta mudanza.
A las Navidades, las tardes compartidas con mi amiga comiendo algo frente al Netflix, en un entorno predecible y seguro.
Terminar el viaje y despertar aquí, en un sitio tan genial como Bajamar, en casa de mi familia, pasando unos días, es maravilloso. Sin embargo, admito que este viaje temporal me ha dejado un poco descolocada. Los cambios de espacio, las mudanzas, y la intensidad con la que regresamos al pasado a veces saturan el presente, recordándonos que transitar entre el ayer y el hoy también requiere su propio tiempo de adaptación.
Las personas autistas solemos tener una conexión extraordinariamente intensa con los espacios físicos. Un cambio del entorno o una mudanza no es solo mover cajas y trasladar muebles; es reconfigurar nuestro mapa mental y sensorial. Los espacios que habitamos se quedan grabados en nosotros como partituras perfectas.
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