Del nomadismo a la rigidez del hogar: La carga cognitiva y sensorial de una mudanza.
A propósito de lo que me está costando adaptarme al proceso de mi última mudanza, he estado reflexionando sobre nuestra propia naturaleza y sobre cómo procesamos los entornos que habitamos. Es fascinante pensar cómo la humanidad pasó, hace miles de años, de un estilo de vida nómada - donde el concepto de "hogar" se construía y reconstruía a diario en lugares distintos - a llevar grabada la necesidad de un espacio fijo para poder experimentar verdadera estabilidad.
Para las personas autistas (y no sé para las que no, o para las demás neurodivergencias, yo hablo desde mi manera de ver el mundo) el entorno físico no es solo un marco de fondo: es un refugio sensorial y una estructura de previsibilidad que reduce la sobrecarga del día a día. Por eso, cuando ese entorno cambia, la inestabilidad que sentimos va mucho más allá de desempaquetar cajas.
La neurobiología del cambio: ¿Por qué creo que nos cuesta tanto adaptarnos?
La incertidumbre ante las grandes transiciones parece formar parte de nuestra propia manera de pensar. El cerebro humano está diseñado precisamente para buscar patrones conocidos (los artistas o los neurólogos lo saben muy bien) y anticipar el entorno para ahorrar energía y protegernos. Cuando alteramos drásticamente esos patrones, el cerebro debe procesar una cantidad enorme de información nueva: nuevos sonidos, trayectos, luces y rutinas.
Por supuesto, la intensidad de todo esto pienso que puede variar según la trayectoria de vida y las experiencias de cada persona: no es lo mismo si estás acostumbrado/a por circunstancias de la vida a cambiar a menudo de residencia o si estás habituado a desplazarte mucho, y también pienso que influye el tiempo de permanencia en determinado lugar (en mi caso, llevaba en la misma casa viviendo como unos veinte años o casi).
Pasar de casi dos décadas de predictibilidad y memoria espacial conocida a un marco totalmente nuevo hace que el contraste sea inmensamente mayor. La adaptación no es un trámite logístico, es para mí un reto sensorial, cognitivo y emocional de gran calado.
La dimensión espiritual: el hilo que nos une a nuestros mayores.
En un plano más íntimo y reflexivo, estos días de transición también me han llevado a pensar en nuestros seres queridos que ya no están. Me pregunto como percibían nuestros abuelos estos grandes giros vitales desde su propia visión del mundo, y si sentirían las mismas dudas e inseguridades que siento yo.
Quiero pensar que sí. Que, desde donde estén, de alguna manera nos acompañan en el proceso, observando como aprendemos a echar raíces, cómo construimos nuevos refugios personales y cómo nos superamos día a día ante la adversidad y el cambio.
El hogar no es solo una estructura de paredes: es una extensión de nuestra memoria y de nuestro equilibrio interno. Cambiar de espacio nos obliga a reconfigurar la manera en la que percibimos el mundo que nos rodea, un recordatorio de que adaptarse también es una forma de aprendizaje profundo.
Y tú, ¿Cómo vives los procesos de cambio de espacio o mudanza? ¿Eres de las personas que se adaptan con facilidad o necesitas un tiempo prolongado para construir un nuevo refugio?
Te leo en mis redes sociales.


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