No se está nada mal donde estoy, aquí en uno de mis pueblos de infancia, Bajamar. Estoy en medio de un patio enorme, rodeada de plantas que me recuerdan a mí infancia en mi otro pueblo costero, Abades, en casa de mis abuelos y ahora de mis tíos; un espacio lleno de jardín, de hierbas y con el sonido del mar acariciando el fondo.
Casualmente, mi primer día aquí coincide con esa fiesta que tanto les gusta en Pamplona, los Sanfermines, así que la televisión parpadea de fondo con camisas blancas y pañuelos rojos. Y me aleja un poco de la fiesta más ilusionante de julio en La Laguna, las de San Benito, aunque no pienso perdermelas.
Todo está bien en teoría, y sin embargo, paso muchos momentos llorando y melancólica. No me termino de hacer con el cambio.
Es como si, al dar el paso y cambiar de hogar, me hubiera despojado de una parte de mí misma. Han sido muchos años en aquella casa, y aquí todavía nos estamos construyendo un lugar. Experimentando esa extraña sensación de no pertenecer a ningún sitio de momento: allá no tengo donde quedarme, y aquí todavía no termino de hacerme.
No es lo mismo quedarte temporalmente en un lugar sabiendo que vas a regresar a tu zona segura, que mudarte definitivamente. Cambiar tus rutinas, tu espacio, la disposición de tus cosas... reconfigurar tu mundo entero. No es lo mismo. Para una mente neurodivergente como la mía, autista, con necesidad de rutinas, de orden, de saber dónde están las cosas, de saber cómo me puedo mover por aquí mejor... no sé. Todo esto es difícil de transitar.
Pero no es imposible, y aquí estamos, abrazando la vulnerabilidad y enfrentándolo.

Comentarios
Publicar un comentario