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Mi cubo, mis reglas: Una historia de sobrecarga y recuperación autista

 Mi cubo, mis reglas: sobrecarga y recuperación autista

El murmullo antes de la tormenta

Todo empieza como un zumbido de fondo, casi imperceptible. No es un evento dramático, sino una acumulación brillante y silenciosa. He ido aprendiendo que todos tenemos como un "cubo interior" donde se van depositando las demandas, el ruido y las emociones del día. El mío, a veces, parece tener una capacidad diferente. 

Los estímulos que para otros parecen "sin importancia" -la luz de una pantalla, una conversación ajena, la textura de la comida, mucho barullo de sonidos juntos- comienzan a sentirse demasiado intensos, como si alguien subiera el volumen del mundo sin mi permiso. Estos detonadores sensoriales actúan en silencio, llenando mi cubo gota a gota, y solo los noto cuando el agua ya amenaza con desbordarse. Aún no lo sabía, pero mi sistema nervioso estaba a punto de decir "basta".

La acumulación silenciosa, el cubo se va llenando gota a gota...

Imagina un día cualquiera en una oficina de planta abierta. Para muchos, puede ser un espacio de colaboración. Para nosotros, las personas que conformamos la comunidad autista, puede llegar a ser un campo de minas sensorial. Intento concentrarme en mi tarea, pero mi sistema nervioso está librando una batalla en múltiples fuentes. Cada estímulo es una nueva gota en mi cubo ya casi lleno. 

  • Un zumbido constante de luces fluorescentes: reconozco que, aunque soy autista, no sé exactamente qué se siente con este estímulo en concreto, pero es verdad que muchos de mis compis autistas pueden llegar a sentirse así, repito todos somos diferentes. Un ruido que para otros es imperceptible, pero para los autistas a veces puede ser como una perforadora de baja frecuencia taladrando directamente en el cráneo, haciendo vibrar los dientes y dificultando el simple acto de pensar. Recuerdo esa sensación al ponerme los guantes y la bufanda de lana en el invierno. 
  • La etiqueta de la camisa rozando mi cuello: Una distracción incesante, y un picor muy difícil de aguantar, que muchas veces cuando me quito la ropa se me olvida impedir. Es una pequeña tortura de tela y costura. 
  • El perfume intenso de cualquier persona en la calle: Una invasión olfativa que satura el aire, se pega a mi ropa y me marea. No es un simple olor; es una presencia abrumadora que no puedo apagar. 
Mientras todo esto ocurre, sonrío y asiento con la cabeza. A veces, puede ser un esfuerzo descomunal. Por dentro, siento cada estímulo con una intensidad extrema, pero por fuera, he perfeccionado una máscara de calma. Como muchas personas autistas, he aprendido que "muchas veces fingimos estar bien porque aprendimos a enmascararnos para sobrevivir". Pero el enmascaramiento consume una energía brutal. Cada gota contaba, y el borde del cubo estaba cada vez más cerca. 

Cuando nos desbordamos y el sistema dice "ya no puedo más"

Y entonces, el cubo se desborda. No es un acto de violencia ni un berrinche. Es, simplemente, el colapso. Es la respuesta que no podemos evitar de un sistema nervioso que ha llegado a su límite absoluto y grita: "ya no puedo más". En ese momento, pierdo el acceso a mis habilidades para comunicarme, para pensar, para regularme. 

No es enfado. No es un ataque. Es el sonido de todos los cables de mi sistema cortocircuitándose a la vez. Mi cuerpo simplemente explotó (meltdown) o se apagó (shutdown), porque ya no podía procesar ni un solo estímulo más. 

No hay un "yo" que elige esta reacción; hay un sistema que se protege. El objetivo no es manipular ni conseguir algo, como en un berrinche. El único objetivo del sistema es sobrevivir al colapso. Esta reacción no es un fallo ni desobediencia, sino una desregulación extrema. Es el fusible del cerebro saltando para evitar un daño mayor. En esos momentos no necesitamos castigo, sino comprensión. Y después de la explosión, no llega la calma, sino un silencio pesado y agotador que se instala durante mucho tiempo. 

La resaca, así es como te puedo explicar lo que es un burnout autista 

Lo que sigue a un colapso puede ser un día de menos energías, o una temporada entera en la niebla. Esto es el burnout autista: un colapso del sistema que va mucho más allá de la tristeza o de "estar de bajón". Es el resultado de un esfuerzo crónico por sostenerlo todo, por enmascarar y sobrevivir en un entorno que no entiende cómo funcionamos. La gente a menudo lo confunde con la depresión, pero aunque pueden solaparse, las diferencias son cruciales. 

  1. Aumento de la sensibilidad. A diferencia de la apatía que a veces acompaña a la depresión, en burnout las luces parecen más brillantes y los sonidos más fuertes que nunca. El alivio solo llega con el silencio, la oscuridad o la soledad, o la tranquilidad sin tanto estímulo, depende de cada persona. 
  2. Pérdida de habilidades. Siento cómo se desvanecen las habilidades que me anclaban a la normalidad. Es como si el panel de control de mi propio cerebro estuviera lleno de botones que en ese momento no responden. Tareas que antes nos parecían sencillas, como decidir qué cenar o responder algo, ahora son monumentales. Pierdes la capacidad de "enmascarar" el autismo para encajar.
  3. El descanso es la única mejora. Mientras que en la depresión a menudo se recomienda la "activación conductual" (hacer cosas para sentirse mejor), para mí cualquier actividad, por pequeña que sea, empeora el agotamiento. Solo el descanso y la ausencia de demandas me ayudan a empezar a flotar de nuevo. 
Entender estas diferencias no es un ejercicio académico; es una cuestión de supervivencia. Aplicar remedios para la depresión, como la "activación conductual", a un burnout autista es como intentar apagar un incendio con gasolina: solo acelera el colapso. Comprendí que el cansancio crónico y la falta de espacios seguros, si no se atienden, pueden "abrir la puerta a una verdadera depresión". Tocar fondo me obligó a hacer algo que nunca había hecho: dejar de luchar contra mí mismo y empezar a escucharme. 

El camino de vuelta: crear mi brújula sensorial 

El primer paso es aceptar que necesitamos un mapa. Comenzar a identificar nuestros "detonadores" no como enemigos a vencer, sino como señales de tráfico que me indicaban mis propios límites. Con esta información, empezamos a construir nuestro propio Plan de Seguridad Sensorial. 

  • Adaptar las rutinas. Aprender a planificar las salidas, evitando las horas pico y los lugares sensorialmente recargados. A veces, decir "no" a una invitación no es un rechazo, sino autocuidado. 
  • Crear un Kit sensorial portátil. Llevar siempre contigo auriculares con cancelación de ruido y si se necesitan las gafas de sol. Son herramientas de refugio portátil. No es debilidad, es autocuidado. 
  • Pedir ayuda a tiempo. Usar nuestra "brújula sensorial" interna. Si estoy en amarillo (empezando a sentirme incómodo), sé que es el momento de tomar un descanso o usar mis herramientas, antes de llegar al rojo (crisis). Eso implica tanto retirarme a un lugar tranquilo como comunicar mis necesidades a tiempo, diciendo "Necesito una pausa" antes de que el sistema llegue a su límite. 
Adoptar una nueva mentalidad, resumida en una frase que se convierta en nuestro mantra: 
No todo lo puedo evitar, pero puedo aprender a sostenerme mejor. 

Saber que me vaciaba el cubo fue el primer paso; el siguiente fue aprender a llenarlo de forma saludable. 

La recuperación. Descansar es avanzar. 

Descubrí que la recuperación no se trataba de "volver a la normalidad", sino de crear una nueva normalidad que respetara mi neurotipo. Integrar "actividades recargadoras" en mi vida diaria dejó de ser una opción. Entendí que recargar "no es un lujo, es una necesidad" y un "respeto hacia nuestra forma de sentir y existir". 

Cada persona tenemos nuestras propias actividades recargadoras. Pueden ser: 

  •  Pensar despacio. No como ejercicio, sino como una forma de sincronizarme con el ritmo de la naturaleza. Sin prisa, sin destino, solo observando las aves, sintiendo el aire y permitiendo que mi sistema se calme. 
  • Escuchar música. Esto permite crear una burbuja sonora que bloquea el caos del exterior. Es una forma de construir nuestro propio ambiente, un refugio que nos permite volver a nuestro centro. 
  • Quedarnos en silencio. A veces, la mejor recarga es la ausencia de estímulos. Simplemente existir sin la demanda de hablar, procesar o responder. Es el descanso más profundo y reparador que muchas veces nos viene bien. 
Aprendí la lección más importante de todas: 

Lo que me calma, me recarga. 

Este nuevo ritmo no me curó, sino que me enseñó a convivir en armonía con mi propia mente. 

En conclusión, aprendemos a florecer en nuestros propios términos 

Este camino de sobrecarga y recuperación me ha enseñado que la sensibilidad no es un error de diseño. Ser autista no es estar roto; es tener un sistema operativo diferente que requiere condiciones diferentes de funcionar bien. Dejé de intentar encajar en un mundo que no estaba hecho para mí y empecé a adaptar mi mundo para que se ajustara a mis necesidades.

No somos neurotípicos rotos. No somos versiones fallidas de nadie. Somos completos, únicos, valiosos. Y cuando se nos comprende, florecemos. 

Mi historia no es única. Es el reflejo de muchas vidas autistas. El cambio real no vendrá de que nosotros nos esforcemos más por parecer neurotípicos, sino de que la sociedad se esfuerce más por crear espacios seguros y una convivencia basada en el respeto mutuo. Porque con apoyo y comprensión, no solo sobrevivimos, sino que podemos prosperar y compartir los dones únicos que nuestra perspectiva ofrece al mundo. 



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