El tranvía avanzaba, y mi mirada se detuvo en el brazo de un pasajero. Un mapa detallado y una rosa de los vientos estaban grabadas en su piel. Un símbolo perfecto, pensé: la rosa de los vientos para no perder el norte, y el mapa para recordar el camino recorrido y el que queda por andar.
Como la bola del mundo que estaba en la mesa de la oficina del abuelo.
Esa imagen me transportó de inmediato. Al ver la cruz de piedra por las ventanas del tranvía, sentí ese tirón familiar en el pecho. Una parte de mí quería bajarse allí, caminar por las conocidas calles y llamar a la puerta de mis abuelos. Es un anhelo nostálgico, lo sé. Pero también sé que esos recuerdos no son solo pasado; son los cimientos sobre los que construyo mi presente, mi manera de ser, mi persona, mi manera de sentir y de ver el mundo, la cartografía personal que me dice quién soy.

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